Canadá comenzó el siglo XX como una confederación joven que aún buscaba su lugar dentro del Imperio Británico, pero las dos guerras mundiales fueron fundamentales para forjar una identidad nacional distintiva. Bajo el mandato del primer ministro Wilfrid Laurier, el país experimentó un fuerte crecimiento económico y migratorio en los años previos a 1911, y sus aportes en los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial reforzaron su reclamo de mayor autonomía frente a Gran Bretaña, lo cual se formalizó en el Estatuto de Westminster de 1931.
La Gran Depresión puso a prueba las instituciones económicas y políticas del país, pero fue la Segunda Guerra Mundial la que transformó el papel del gobierno en la vida de los canadienses. La movilización bélica amplió la autoridad federal sobre la economía y, en 1944, el gobierno creó el programa de Asignación Familiar, el primer beneficio de bienestar social universal del país.
En las décadas posteriores a 1945, Canadá construyó un estado de bienestar más amplio, que incluyó el seguro médico público, mientras su economía se diversificaba a través de la manufactura y las industrias de recursos. Para finales de siglo, Canadá se había ganado la reputación de ser una potencia intermedia estable y próspera, con una sólida red de seguridad social y una sociedad cada vez más multicultural.
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