A principios del siglo XX, la política de Bolivia estaba dominada por una pequeña élite vinculada a la industria minera del estaño. La participación electoral era muy limitada bajo una serie de gobiernos nominalmente liberales, pero en gran medida antidemocráticos. Los movimientos obreros organizados crecieron durante la década de 1920, pero sufrieron constantes represiones gubernamentales. La desastrosa Guerra del Chaco contra Paraguay, entre 1932 y 1935, le costó a Bolivia cerca de una quinta parte de su territorio y dejó a toda una generación de veteranos desilusionada con el orden político tradicional.
Esa desilusión, a menudo llamada la perspectiva de la Generación del Chaco, impulsó la fundación del Movimiento Nacionalista Revolucionario en 1941 bajo el liderazgo de Víctor Paz Estenssoro, quien forjó lazos estrechos con los sindicatos mineros durante la década siguiente. Estas corrientes culminaron en la Revolución Nacional de 1952, que instauró el sufragio universal, nacionalizó las principales minas de estaño del país y lanzó una amplia reforma agraria que, a partir de 1953, redistribuyó tierras a agricultores indígenas y campesinos.
El gobierno revolucionario se volvió cada vez más autoritario durante los doce años siguientes. En 1964, los militares tomaron el poder, dando inicio a dos décadas de gobierno mayoritariamente militar marcadas por intentos de revertir las reformas anteriores. Bolivia no recuperó una democracia civil estable hasta principios de la década de 1980, cuando el propio Paz Estenssoro regresó a la presidencia en 1985 para enfrentar una grave crisis económica heredada de la era militar.
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