El siglo XX en Costa Rica se definió por una tradición democrática inusualmente estable, la cual distinguió al país de muchos de sus vecinos centroamericanos. Las elecciones libres y competitivas, celebradas por primera vez en 1899, establecieron un modelo de gobierno civil que perduró durante la mayor parte del siglo, apoyado por una cultura política que rechazaba cada vez más el gobierno militar.
Esa trayectoria se vio interrumpida dos veces. Entre 1917 y 1919, Federico Tinoco gobernó como dictador tras tomar el poder en un golpe de Estado, aunque su mandato fue breve. Una ruptura mucho más importante ocurrió en 1948, cuando José Figueres Ferrer encabezó un levantamiento armado después de unas elecciones presidenciales cuestionadas. La guerra civil resultante de 44 días, que cobró más de 2,000 vidas, sigue siendo el evento más sangriento en la historia del país durante el siglo XX. La junta que resultó victoriosa redactó una nueva constitución que garantizaba el sufragio universal y, notablemente, abolía el ejército nacional.
En las décadas siguientes, Costa Rica construyó un amplio sistema de bienestar social, expandiendo la educación pública, estableciendo servicios de salud nacionales e invirtiendo en programas de seguridad social destinados a reducir la desigualdad. Estas reformas, combinadas con transferencias pacíficas de poder y una creciente participación política, ayudaron al país a consolidar sus instituciones democráticas al final del siglo, cimentando su reputación como una de las repúblicas más estables de la región.
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