Durante gran parte del siglo veinte, la política peruana se organizó en torno a unos pocos partidos duraderos, siendo el más notable la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), fundada en 1924, junto con movimientos conservadores y alineados con los militares que se alternaban en el poder, a menudo tanto por golpes de Estado como por elecciones. Este sistema de partidos, aunque imperfecto y frecuentemente interrumpido por gobiernos militares, le dio a la política peruana un grado de continuidad ideológica que más tarde resultaría difícil de recuperar.
Ese sistema colapsó en gran medida en la década de 1990 bajo el mandato del presidente Alberto Fujimori, cuya administración debilitó a los partidos tradicionales y concentró el poder en torno a su propio movimiento personal. En los años siguientes, se describió a Perú cada vez más como una democracia sin partidos, a medida que las organizaciones históricas perdían influencia y eran reemplazadas por vehículos poco institucionalizados y centrados en personalidades, construidos alrededor de candidatos individuales en lugar de plataformas duraderas.
El resultado ha sido una fragmentación extrema: las elecciones presidenciales ahora atraen habitualmente a decenas de candidatos, y el Congreso está disperso entre numerosos partidos pequeños que, individualmente, tienen poco poder, pero que colectivamente pueden destituir a un presidente en funciones. Siete presidentes han sido destituidos desde 2016, lo que refleja un sistema electoral que facilita el registro de nuevos partidos pero que ha tenido dificultades para generar otros estables y programáticos.
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