Las fuerzas españolas al mando de Hernán Cortés conquistaron el Imperio azteca entre 1519 y 1521, poniendo el territorio que hoy es México bajo dominio español y formando el núcleo del virreinato de la Nueva España. La Ciudad de México, construida sobre las ruinas de la capital azteca Tenochtitlan, se convirtió en la capital del virreinato en 1535 y en la sede de un gobierno colonial que eventualmente se extendió desde el actual suroeste de Estados Unidos hasta Centroamérica y partes del Caribe y las Filipinas.
La sociedad colonial en la Nueva España se organizaba bajo un rígido sistema de castas, donde una pequeña población de peninsulares nacidos en España y criollos nacidos en América concentraban el poder político y económico sobre una mayoría indígena y mestiza. La minería de plata impulsaba la economía colonial, complementada por el sistema de haciendas agrícolas, y la Nueva España se convirtió en uno de los territorios más ricos y poblados del imperio español, superando los seis millones de habitantes a principios del siglo XIX.
En el siglo XVIII, las Reformas borbónicas de España buscaron reforzar el control real, reorganizar la administración en intendencias y aumentar la recaudación de ingresos de la colonia. Estos cambios, sumados al creciente resentimiento de los criollos por su exclusión de los altos cargos, contribuyeron al malestar que culminó en la Guerra de Independencia de México, la cual comenzó en 1810 y puso fin al dominio colonial español en 1821.
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